Posted by : Entre Notas Rosa martes, 30 de octubre de 2018

Nota Ciudadana
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Mientras que la capital es admirada en el mundo por múltiples razones, en sus habitantes crece un sentimiento de decepción que ha llegado a perjudicar su sensatez
Por: Sebastián Restrepo | Octubre 29, 2018


Al despuntar de un día cualquiera, un bogotano promedio además de disponerse al frío de la madrugada, debe hacerlo con algo más angustiante: el transporte público. Si bien las conurbaciones de países desarrollados sufren de congestionamientos masivos y constantes, la situación de caos en la capital no es para nada despreciable.

Las circunstancias en las que se encuentra la movilidad han hecho crecer progresivamente en nuestro pecho una sensación copiosa de desaliento. Que la situación en Londres, Ciudad de México, Manila o Tokio sea paradójicamente similar no importa, siempre pensamos “Bogotá es de lo peor”. Así crece un sentimiento aletargado de decepción, algo menos grave que una endemia, pero no menos importante que una congoja constante. Se trata de un complejo que nos tiene seriamente enfermos.

A finales de la década pasada, cuando la ciudad se preparaba para continuar con la construcción de las nuevas fases del sistema TransMilenio, previas a una eventual construcción del metro, un debate trasnochado por tranvías, trenes ligeros o “TransMilenio light” por la Séptima nos dirigió a uno de los letargos en construcción de infraestructura de transporte público más largos de la historia reciente de Bogotá. De paso, nos dirigió también a uno de los desfalcos más grandes jamás sufridos: el carrusel de la contratación.

Sin embargo, el destino final de toda esta diatriba no solo fue la ausencia de una obra definitiva por la Séptima, sino la profundización de aquel complejo bogotano, alimentado, claro, por otras decepciones citadinas. Actualmente, ante la reciente preapertura de la licitación del TransMilenio por esa troncal, el caso se vuelve especialmente representativo sobre el extremo al que ha sido llevado este contraproducente complejo.

En algún punto del debate político/técnico sobre qué hacer en la Séptima, el complejo nos hizo perder hasta el más mínimo reducto de sensatez. Se perdió como quien olvida con tragos el compadrazgo con su mejor amigo al debatir sobre la existencia o no de un dios. Como ya es deporte local, resultó unánime la idea de despreciar de tajo todo aquello que no se acomodase a lo que nuestra intuición (o discursos políticos) nos dictaba como única y especial receta al caos, en este caso de la movilidad.

Dejamos que nuestro acomplejado sentir del caos nos enfrascara en una discusión mayormente emocional entorno a “metro o TransMilenio”, “tren ligero o TransMilenio”, “derecha o izquierda”, “elevado o subterráneo”, como si todo aquello fuese mutuamente excluyente. Venimos décadas así, prestándonos como payasos de arlequín para el teatro maniqueo de Petro vs. Peñalosa. Dejamos por costumbre que la transición entre administraciones se convirtiera en una quema de estudios y diseños de obras de espacio público, equipamientos culturales o, muy venido al caso, la embolatada troncal de la Boyacá y el olvidado cable de San Cristóbal sur.

Resulta casi enfermizo el panorama que ilustra la indignación causada por una obra civil que por fin cuenta con viabilidad técnica en la Séptima, y que, en vez de movilizarnos adicionalmente por el tren de cercanías de la Novena, se le quiera incendiar de inmediato. Esto, como si de ninguna manera ambas obras no fuesen complementarias para la movilidad intermodal de la ciudad, tal como no han logrado ser complementarias en todo el presente milenio nuestras divergencias ideológicas por construir ciudad. Mientras que Lima avanza en su segunda línea de metro que funciona alimentado por BRT, el plan de movilidad de una administración pasada lapidaba la ya deprimida Avenida Caracas con un metro subterráneo paralelo y el de la nueva administración quiere pavimentar las históricas vías férreas de la capital. Todo al extremo.

Pensar que un biarticulado a gas por la Séptima es un adefesio, por no parecer algo más de postal europea, significa entrar a la misma lógica peñalosista de que las obras civiles son tanto óptimas por lo “sexys” que sean o no. ¿No debería ser determinante, en cambio, la exigencia de que dicho transporte debe ser exclusivamente de energías limpias? ¿Que de verdad se exija reconstruir la arruinada acera que se encuentra de Marly hacia el norte? ¿Que se parezca más a las troncales de la Calle 26 o la Calle 80 que a la horrible troncal de la Caracas? ¿Que de una vez por todas sea completo y continuo el recorrido desde Museo Nacional hacia el norte, sin estar detenidos treinta minutos en el Parque Nacional por un trancón?

Resulta tan apabullante el destructivo complejo, que entre el ruido de la discusión ha pasado desapercibida la noticia del convenio firmado por Findeter y la Gobernación de Cundinamarca anunciando el inicio de los estudios de factibilidad para el tren de cercanías de la sabana norte. Sí, ese mismo proyecto, ya mencionado, de la Carrera Novena que pretende de una vez por todas revivir la infraestructura férrea hasta Zipaquirá, que hoy solo aprovecha un eventual tren de carga de la ANI o el Turistren que lleva algunos estudiantes de la Militar y la Sabana.

Mientras que en el mundo Bogotá es admirada por su récord en kilómetros de ciclorrutas, nosotros seguimos aquí permitiendo el juego de “si yo no tengo la razón, pues usted tampoco”, tanto en el debate público como en la toma de decisiones. Mientras que la ciudad tiene una oferta cultural admirable en América Latina y se viene convirtiendo en el primer destino turístico del país, aquí preferimos despreciar todo bajo un complejo enfermizo llevado al extremo. Que el complejo exista, no significa que deba ser consentido sin procurar desmenuzar el análisis sobre las soluciones planteadas y la construcción sobre ellas.

Esperemos que los destinos de esta nueva troncal, del Regiotram de occidente, de la primera línea del metro y de las otras troncales no caigan más en todos estos rituales de quema y desprecio, promovidas por nuestro complejo extremo. De no curarlo desde las urnas, la movilización social y el debate cotidiano seguiremos enfermos por el complejo; optando por el mismo “adanismo” de siempre en la administración distrital, ese viejo hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera empezado antes.



Fuente: las2orillas.co




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