Posted by : Entre Notas Rosa jueves, 16 de agosto de 2018

Al parecer, el recién posesionado presidente Duque tendrá que enfrentar dificultades más grandes que la de la oposición política

Por: Juan Manuel López | Agosto 15, 2018



Duque tendrá que capotear la actitud de quienes sienten que por haberlo subido al poder les tiene que responder como ellos lo esperan. Foto; Video Institucional


El discurso del senador Macías no fue un discurso del presidente del Congreso en la posesión de un Primer Mandatario sino el de un vocero de un partido político de oposición que logró derrotar al Gobierno al que se oponía; fue desplazado en cuanto al evento —no era el lugar, ni el momento, ni la audiencia para pretender tener la última palabra al respecto, aun asumiendo que tuviera razón en lo dicho—.

Además del malestar causado, perjudicó al nuevo Jefe de Estado porque vendió una mala imagen del país con cifras que fueron escogidas para presentar los malos aspectos omitiendo aquellos buenos con los cuales hoy ha ganado aceptación Colombia como un país avanzando en sus problemas; porque mostró ante el mundo una población dividida, con más ánimo de profundizar diferencias que de subsanarlas; porque presentó lo que menos se esperaba en un momento en el que del triunfo de la oposición se esperaría una introducción al programa que con él como cabeza se esperaría construir.

Pero en lo que más lo perjudicó fue en que le quitó al discurso del Dr. Duque el protagonismo y la relevancia que merecía. La inmensa mayoría de comentarios y debates —porque análisis pocos— se han referido a la perorata Macías, y muy poco se ha entrado en la forma o el contenido del primer discurso presidencial del recién elegido.

Casi todos los comentaristas coinciden en que el discurso de Duque hubo los lugares comunes que en forma natural coincidirían para un nuevo ‘pacto nacional’ (lucha contra la corrupción, contra las drogas, mirar al futuro y no al pasado, etc.); coinciden también en que el eje central fue el tema de la unidad nacional. Pero poco se ha ido más allá en el análisis.

Pero para quienes tenemos recelo de lo que puede producir una demasiada facilidad de palabra, eso fue lo más de destacar de la alocución presidencial: hablar una hora, sin un papel ni ninguna guía, sin una pausa, una duda o un tartamudeo, y tocar toda la variedad de temas tratados dada la importancia de los mismos, no es una hazaña menor. Pero improvisar gracias a las facultades oratorias es bueno en plaza pública o en el Congreso pero no es lo apropiado para la presentación de un programa presidencial.

"Hablar una hora, sin un papel ni ninguna guía,
sin una pausa, una duda o un tartamudeo, y tocar tal variedad de temas
dada su importancia, no es una hazaña menor".

En todo caso de los dos discursos, o del análisis de los dos conjuntamente, salen como posibles conclusiones:

1) O es la continuación de una estrategia coordinada de ‘el sombrero del bueno y el sombrero del malo’, ya sea premeditada y dirigida por el exmandatario o porque como fenómeno espontáneo tomó fuerza durante la campaña.

2) O, al igual que con Santos, el que sale elegido bajo ‘el que diga Uribe’ no necesariamente se guía por ‘lo que diga Uribe’. Y si no fueron alocuciones coordinadas, la contradicción o el contraste entre ambas intervenciones muestra que alguno —o ambos— se estarían saliendo de lo de ‘lo que diga Uribe’.

3) Del discurso del presidente del Senado se deduce que el recién posesionado presidente Duque tendrá que enfrentar dos dificultades más grandes que la de la oposición política: por un lado, la situación en la que recibe el país; y por el otro, la actitud de quienes sienten que por haberlo subido al poder les tiene que responder como ellos lo esperan.

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