Posted by : Entre Notas Rosa viernes, 6 de febrero de 2015

Alberto Montt llega a Fonseca (Guajira) con una apariencia distinta a la que muestran muchas de sus fotos en Google.
Lleva una barba oscura y espesa. Visto de perfil, con su nariz grande y la chivera, parecería un conquistador español, pero la cachucha de los Leones Negros de Guadalajara que lleva puesta, negra y amarilla, le da un aspecto moderno.
Si él lee esta descripción suya, tal vez se le ocurra hacer una caricatura. Su cabeza a veces funciona así; une ideas dispersas que se encuentran en una imagen (Vea aquí el blog con su trabajo). Alberto Montt es famoso por sus ilustraciones. Es un escritor con una herramienta adicional: un poderoso manejo de la imagen.
Crecer con magia
Todo comenzó en Tandapi, Ecuador, un pueblo pequeño, empobrecido y sin luz donde Alberto Montt pasó su infancia. Lo único que llegaba al villorrio era la ficción y la poesía: libros de cómics y discos.
Alberto mataba el tiempo copiando las imágenes que veía en las ediciones de Kalimán, Mafalda y otros. “Dibujo desde que tengo memoria,” dice.
Ahora, el ilustrador chileno – como su padre – (nacido en Ecuador, como su mamá) está en Riohacha (Guajira), a punto de subirse a una minivan rumbo a Fonseca, un municipio colombiano célebre por el talento de su gente para la música, y cuna de una célebre canción, El Cantor de Fonseca:
Alguien me dijo de dónde es usted
Alguien me dijo de dónde es usted
Que canta tan bonito esta parranda. Si es tan amable tóquela otra vez. Quiero escuchar de nuevo su guitarra.
Alberto Montt
La relación de Montt con la música colombiana es de vieja data. A Tandapi (norte de Ecuador), sus tíos llegaban con discos traídos desde Ipiales: Lisandro Mesa, Joe Arroyo, Alci Acosta estaban en esas carátulas.
Pero quizá el elemento que más alimentó la imaginación del futuro ilustrador (que de niño quería ser biólogo por la influencia de la National Geographic) fue la magia.
En el pueblo tuvo contacto con los tsáchilas, una tribu a la que se le atribuían dones mágicos. Además, Alberto era seguidor de otro mago: Kalimán. Y devoraba la revista Atalaya, la de los seguidores de Jehová, que relataba otros hechos extraordinarios como la historia del gigante Goliat y las murallas de Jericó que se cayeron con la fuerza del sonido de unas trompetas tocadas por siete sacerdotes.
Desde la minivan, rumbo a Fonseca, Alberto observa el paisaje guajiro. Primero el árido anuncio del desierto, después la generosa vegetación de la media Guajira.
Tal vez porque soñó con ser biólogo sabe nombres de árboles. Señala algunos en la carretera y dice con propiedad un nombre. En el viaje observa y es más bien pasivo en la conversación. Más tarde, en confianza, saldrá el humor que también acompaña sus ilustraciones. Es un hombre divertido. Más adelante, en el aeropuerto de Riohacha, descubriré que es capaz de medírsele a un duelo de bromas con Daniel Samper Pizano.
En Fonseca lo espera un auditorio de unos 20 niños y algunas profesoras que lo escucharán dar una charla en el marco del Hay Festival 2015.
Alberto Montt habla al auditorio de la magia que encontraba en los indígenas, los relatos bíblicos y los cómics de Kalimán. Se esfuerza porque los niños entiendan que su trabajo consiste en una fórmula intuitiva en la que se encuentran el humor, el dibujo, y claro, la magia.
De Ecuador el ilustrador recogió los primeros elementos de su trabajo. Pero no podía quedarse allí. “En Ecuador no hubiera podido ser caricaturista, no había espacio. Chile se veía más grande; luego llegas allá y te das cuenta que no es así, por lo menos no en esa época.”
Alberto Montt, como todos los artistas, ha tenido que tomar decisiones drásticas para dedicarse a hacer lo que le gusta. Salió de Ecuador y luego resolvió que tenía que renunciar a los trabajos fijos, con salarios puntuales, para tener tiempo para dibujar. Eso fue hace quince años y hoy no se arrepiente. Vive de su trabajo, un sueño que muchos ilustradores quisieran tener. Luce tranquilo en ese aspecto. Por ahora su única preocupación parece el Chikungunya, la epidemia que azota a Colombia. Se aplica repelente y pregunta si se trata de un virus mortal.
Alberto Montt
Ateo entre creyentes
Al terminar la charla con los niños, unas profesoras invitan a Montt a conocer el río Ranchería. Una de ellas es Luceny Iguarán Martínez,  Chena.
En la minivan nos enteramos de que es cantante aficionada. Sin mucho esfuerzo empieza a cantar varias tonadas. Lo hace con gran pasión, moviendo las manos y haciendo los gestos dramáticos que la interpretación exige. Está feliz porque su hijo se recibirá pronto como abogado.
Mientras Chena canta una y otra canción, Alberto Montt se distrae con otra profesora que viaja con él en el asiento de atrás. Graba en su celular una parte del improvisado concierto y le promete a Chena que le llevará el video a una pariente de ella que vive en Chile.
Montt vive muy pendiente de su teléfono. Usa WhatsApp, tiene 120 mil seguidores en Twitter y más de 38 mil en Instagram. Gusta de los videojuegos y a veces se detiene para entretenerse con uno de ellos en su Smarthphone, la frondosa vegetación guajira puede esperar mientras juega un rato.
El Ranchería está seco. Montt no cree que el río pueda alcanzar unos tres metros más de cause. Luego preguntará de dónde viene el río (la respuesta es que nace en la Sierra Nevada) y dónde termina su viaje (en el mar Caribe).
Chena le enseña el río y le dice que esos son los regalos de Dios. Montt la reprende y le recuerda que Dios no existe. La profesora cantante se escandaliza, pero el ilustrador no arma debate sobre el tema y sigue su camino.
Montt se crió en un crisol religioso. Sus 16 tíos maternos practicaban cada uno una creencia diferente: había cristianos, hinduistas, evangélicos y medio ateos.
Además, el padre de uno de sus mejores amigos de su infancia era un gringo evangélico que le dio clases de religión.
Le pregunto si alguna vez cedió al fervor religioso.
-Jamás.
-¿Ni siquiera de niño?
-No. Sentía el fervor de la literatura.
Alberto Montt observa como un escritor o como un artista plástico. Verlo devorar con los ojos el paisaje guajiro le da a uno esa impresión. “Lo que hago está más cerca de la literatura que del dibujo”, reflexiona. Juega con las palabras, el humor y la gente (disfruta burlándose de los otros) como cualquier caricaturista.
“Todo el tiempo vivo en función del trabajo”, dice. Siempre está pensando en una nueva ilustración. “Hay diferentes tipos de ideas, las que aparecen terminadas (cuando sales de la ducha y la idea está completa), las que tienen texto de base y las que tienen una imagen de base”.
Los dibujos de Alberto Montt son feos. Es decir, sus personajes no son despampanantes modelos ni hombres afónicos, ni dioses hercúleos o superhéroes tonificados. En ese sentido su trabajo encuentra coincidencias con el de Calpurnio, Tom Gauld y Cyanide and Happiness.
“Cuando tenía 12 años – le dice a su auditorio en Fonseca – me dijeron algo que me cambió la vida: ‘no hay dibujo malo’. No todos los dibujos deben ser perfectos para ser buenos”. En nuestra entrevista dirá: “A veces los dibujos son hermosos porque vienen con una historia literaria detrás.” “Encontré la forma de transmitir una idea aunque el dibujo fuera malo.”
En su cacería de ideas es un consumidor de múltiples productos. Ve todo tipo de películas –incluso las de superhéroes, aunque odia a los superhéroes-, trabaja siempre con dos pantallas, en una están sus tareas y en otra cualquier otra cosa (una película, una serie), de hecho, mientras almorzábamos estuvo muy pendiente de un culebrón mexicano que disfrutó tanto como los mariscos que tenía en frente. Le gusta leer, “los que leemos somos los exploradores del siglo XXI”, dice. Disfruta de los ensayos.
-Leo más ensayos que novelas.
-¿Por qué tanta gente toma ese camino con los años?- pregunto
-¡La vejez es una mierda!
Alberto Montt
Otro rasgo importante en Alberto es la irreverencia. Trabaja sólo para él. Publica en las redes sociales las ilustraciones que considera buenas, pero si no recibe ningún comentario elogioso, le importa poco.
Hace quince años vivía de empleos con sueldo fijo ,pero renunció para dedicarse a dibujar lo que quería.
-¿Es difícil dar ese salto en tu gremio?, pregunto.
-Al principio fue monstruoso, luego fue terrible, después se hizo difícil, ahora es complicado. No tengo para comprar una casa en Cartagena, pero vivo de lo que hago.
Está casado hace nueve años con una mujer chilena, tienen una hija de cuatro años.
-¿Ser independiente con un hijo a bordo no te genera angustia?
-Da más miedo, pero es igual de difícil.
Los superhéroes y Dios
Los superhéroes son un tema recurrente en el mundo de Albert Montt. Pero los usa para burlarse de ellos. “No me emociona encontrar los arquetipos de la sociedad.”
Los considera ridículos y megalómanos. Por ejemplo, de Batmán dice que “es un Hugh Hefner con juguetes, pero me gustan más los juguetes de Hefner.”
Pero sobre todo le molesta de los superhéroes las imprecisiones de su historial. “Si al traje de Superman no le entran las balas, ¿con qué aguja lo cose?”
Pero quizá el superhéroe que más le molesta es Jesús Cristo. Cuando era niño veía a los Looney Tunes y le llamaba la atención una pequeña rana que le cantaba y bailaba tap. Pero cuando el hombre le pedía que hiciera lo mismo en público la rana se limitaba a croar como una más. Según Antonio Montt a Jesús le pasaba algo igual. Podía multiplicar panes, resucitar muertos, pero era incapaz de escaparse de un juicio con los romanos y derretir los clavos que lo mataron.
El viaje va terminando. El calor y la conversación nos tienen exhaustos. Montt decide echar una siesta mientras la minivan va de regreso a Riohacha. Se recuesta en la hilera de sillas. Cierra los ojos. Dormido se parece al último retrato de José Asunción Silva. Y sí, aún tiene cara de conquistador español.

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