En el Cesar: 'El Riesgo No se Va de Vacaciones'

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Posted by : Entre Notas Rosa viernes, 9 de diciembre de 2016


Por:  diciembre 7, 2016
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Muñecas, ropa, dibujos, paredes, todo en la casa Samboní tiene la huella de Yulianita.




Una muñeca imitación Barbie se quedará ahí, sin vestir, encima de la cama, en el mismo lugar dónde Yuliana la dejó antes de salir a la calle para nunca más volver.
Ese día, ese fatídico domingo, Yuliana no desayunó bien. Se comió un pedazo de pan untado con un poco de mermelada. No tomó ni café ni tinto, a la carrera bebió un sorbo de gaseosa para pasar el pan dulce y en medio de sus tradicionales carcajadas salió con afán de la casa.
Ella, su hermanita, su primo, una tía y su mamá iban para la quebrada Las Delicias, a unos cien metros de la vivienda, a lavar ropa y a recoger agua en un par de baldes, porque el servicio no había llegado desde el día anterior.
Los únicos que habían salido a la calle eran los niños. Los adultos, dentro de la casa, alistaban utensilios y la ropa sucia para emprender camino hacia la quebrada de agua cristalina que baja de los cerros orientales de la ciudad y a donde los pequeños se bañaban mientras los grandes hacían los quehaceres.

La siguiente parte de la historia ya se conoce ampliamente: el rapto de Yuliana ocurrió en cuestión de segundos. Su primo, un niño de 9 años, con todas las fuerzas y el miedo que lo invadió, intentó evitar que Rafael Uribe Noguera, hoy acusado y detenido, se llevara a Yuliana, pero un brutal empujón lo separó de la pierna de la niña a la que se aferró por segundos.

El niño se quedó impávido y en shock viendo como la lujosa camioneta se perdía entre la polvadera que el mismo vehículo levantaba mientras avanzaba a alta velocidad por la calle destapada.

Era una niña feliz, recuerdan sus tías y lo confirman las caritas sonrientes que ella dibujaba en las láminas de triplex que divide el espacio convertido en habitación, donde solo cabe la cama doble en la que dormía con sus padres y su hermanita.

Al igual que la muñeca, todo lo que hay en la casa recuerda el paso de Yuliana. Su ropa colorida, en la que predomina el rosado, sigue guardada en el mueble de madera que una sábana cubre para mantenerla limpia. Espacios más arriba está la maleta, también rosada, y en ella los cuadernos con los que un par de días atrás aprendió a sumar números de dos cifras y a escribir dictados.



El próximo año entraba a segundo de primaria. Era aplicada y le gustaba hacer tareas, pero lo que más le apasionaba era colorear. Aunque era floja para levantarse, todos los días se bañaba con agua fría a las 6:15 de la mañana, entraba a estudiar a las 7:00 a.m. y volvía a la casa pasadas las 2:00 de la tarde.
KienyKe.com estuvo allí, en el interior de su casa, donde aún en el techo, encima del televisor, hay tres bombas colgadas. Son las que quedaron del pasado junio cuando en medio de una modesta reunión familiar le celebraron los siete años a ella y de paso los tres a su hermanita.
Otra de sus tías, mientras lava una pieza de ropa, cuenta que Yulianita, como le dice, no era de buen comer, el arroz solo poco le gustaba, tenían que hacerle un caldo o un guiso y revolverlo con el arroz para que se lo comiera con juicio. Su tío Jaiber entra en la conversación y apunta una frase que todos en la casa, al unísono, reconfirman con un movimiento de cabeza y dejando ver tristes sonrisas: “El tinto sí que le encantaba. Si le dejamos la olleta de tinto, se lo acababa”.

También cuentan que tenía tres programas de televisión que no se perdía, a su corta edad se ponía de mal genio si no se los dejaban ver, eran Pepa pig, El Chavo del Ocho y la novela Betty la Fea.
De la televisión aprendió a posar, Yuliana como todos los niños, tenía un sueño, el suyo lo convertía en realidad cada vez que podía coger el celular de alguien grande, Yuliana Andrea, quería seguir estudiando, terminar su colegio y convertirse en una gran modelo, ser la mejor modelo del país, ganar dinero para comprarle una casa a sus padres, pero un hombre adinerado de 38 años le arrebató su sueño, su risa, su mirada pícara en el momento en que a la fuerza la subió a su camioneta.



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