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Posted by : Entre Notas Rosa domingo, 8 de noviembre de 2015




 ANÁLISIS UNISABANA

Pagos en línea se hacen fácilmente por medios electrónicos, ahorran tiempo y aumentan bienestar.


Por:   | 8:14 p.m. | 6 de octubre de 2015





 
La educación financiera de la que tanto se ha hablado últimamente debe orientarse igualmente a estas facilidades, que además de las ventajas mencionadas promoverían la inclusión financiera en el país.
Foto: Archivo particular
La educación financiera de la que tanto se ha hablado últimamente debe orientarse igualmente a estas facilidades, que además de las ventajas mencionadas promoverían la inclusión financiera en el país.
Hace un par de semanas, visitando una de las tradicionales ferias que tienen lugar en Corferias, llamaron mi atención, además de los productos exhibidos, las largas filas que se veían en los cajeros automáticos. Me pareció llamativo, no porque refleje un aparentemente alto nivel de ventas del evento, sino porque todas aquellas personas preferían hacer fila en lugar de pagar sus compras con tarjeta de débito o de crédito. Escogencia que posiblemente no hicieron libremente, sino que ya habían percibido, o acaso lo supusieron, que no todos los estands aceptarían pagos electrónicos y de ahí que eligieran llegar con el clásico papel moneda.
Cualquiera de las dos razones anteriores no deja de ser llamativa: se invierte tiempo en retirar dinero para entregárselo a otra persona minutos más tarde, cuando existe la posibilidad de un canal electrónico que en segundos permite el mismo efecto y sin mayores costos. Una posible explicación a este comportamiento puede ser simplemente la costumbre.
Y opto por costumbre, en lugar de cultura, siendo consciente de que la forma en la que obramos en distintas decisiones muchas veces obedece a una herencia cultural, que si bien es cierto es muy difícil de cambiar, tampoco hay razón para alterarla. La costumbre, en cambio, implica una repetición de actos con los que solemos hacer las cosas de una determinada manera, quizás por algunos prejuicios que tenemos, y no sentimos la necesidad de detenernos a pensar si habrá una manera más práctica de realizarlas, es en este caso cuando actuamos por costumbre.

Por ejemplo, desde hace años adquirimos el hábito de ponernos el cinturón de seguridad, situación que hace unas décadas no era tan común y simplemente nos sentábamos en el carro sin reflexionar en las ventajas que perdíamos por no hacer tan sencillo acto. Posiblemente llegue también el día en que todo lo paguemos con tarjetas y nos parecerá inusual observar ejercicios como los evidenciados en la feria a la que hago referencia.
Pero los cambios no llegan solos, y así como fueron necesarias varias campañas y recursos para acostumbrarnos al uso del cinturón, hace falta invertir y generar estrategias para promover la virtualidad en los colombianos.
En la reciente edición de la publicación de la Asobancaria, ‘Semana Económica’, se detallan una serie de beneficios que se lograrían con un mayor aprovechamiento de los medios de pago electrónicos, lo que justifica incluso la promoción de incentivos tributarios por parte del Gobierno, y de costos de inversión en el sector privado, por cuanto en el mediano plazo los ingresos esperados superarán esos primeros números negativos. Se debe cambiar la percepción de los colombianos, quienes en algunos casos son reacios a utilizar estos medios por suponer que hacerlo genera pagos adicionales, porque prefieren lo clásico a innovar en soluciones tecnológicas que desconocen o no les generan confianza, y en el mismo sentido, porque el sistema financiero no ha logrado atraerlos y su desconfianza se manifiesta en su apatía hacia dicho sistema.
El estudio de la Asobancaria nos muestra que aún hay mucho por hacer para lograr estándares internacionales, en donde el número de transacciones electrónicas pasó de 269,3 billones en el 2009 a 365,6 billones en el 2013, lo que representa un crecimiento de casi 36 % en ese periodo. En Colombia, sin embargo, se sigue prefiriendo al efectivo y además de la costumbre que hemos hecho referencia, el estudio demuestra que deben hacerse inversiones en infraestructura que faciliten la adopción de nuevas alternativas. Los impactos positivos para el país se apoyan además en experiencias en otras regiones, destacándose el crecimiento en el PIB que cuantifica Moodys en su estudio del 2010 “The impact of Electronic Payments on Economic Growth”. Por ejemplo, en un país como Colombia todavía marcado por los negocios ilícitos, el papel dinero oculta muchas transacciones, situación contraria a la que suponen los pagos virtuales donde queda un registro de cualquier operación. Dicha ventaja transciende el combate de la ilegalidad y aplica a favor de la formalidad de la economía y por lo tanto de seguridad y garantía financiera.
Virtualidad en transacciones también se asocia con bancarización, y efectivamente este es un tema en el que también debemos trabajar en el país, sin desconocer que ya unos bancos empiezan a ejecutar estrategias a través de la llamada banca móvil. Al respecto, se destaca la experiencia internacional que tuvo lugar en Kenia mediante una interesante alianza público-privada en donde Gobierno, operador telefónico y banco se unieron para impulsar un sistema de transferencias electrónicas vía celular, sin necesidad de contar con una cuenta de ahorros, caso que vale la pena analizar y estudiar su adaptabilidad para Colombia.
Compras con tarjeta, pagos virtuales de servicios públicos, transferencias entre cuentas a través de plataformas virtuales, entre otros, son operaciones que pueden hacerse fácilmente por medios electrónicos y que nos ahorran tiempo y aumentan bienestar. La educación financiera de la que tanto se ha hablado últimamente debe orientarse igualmente a estas facilidades, que además de las ventajas mencionadas promoverían la inclusión financiera en el país. El cambio no viene solo y la inversión se justifica por su rentabilidad tanto financiera como social.

PABLO MORENO ALEMAY
Jefe del Área de Finanzas de la Universidad de La Sabana

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