MinCIT realiza diagnóstico para certificar playas de Riohacha

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Posted by : Entre Notas Rosa lunes, 21 de septiembre de 2015

Una denuncia sobre discriminación contra las mujeres en la Policía.
Diana Márquez*, intendente de la policía, es alta, delgada, de ojos expresivos, facciones finas, excelente conversadora. Ella, como muchas de sus compañeras, guarda insospechados secretos del trato que reciben de sus superiores hombres.

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Diana, de 38 años, contó su caso a KienyKe.com, porque según afirmó, ha pasado por tantas situaciones anormales en la policía, que no le tiene ya miedo a nada.
El sueño de Diana de ser policía inició apenas cumplió su mayoría de edad, en su natal Cúcuta. “En el año 97 vivía con mis padres en uno de los barrios más marginados de Cúcuta donde la guerrilla reclutaba niños. De hecho, la guerrilla ya le había enviado una carta a mis padres cuando yo tenía quince años en la que decían que – si su hija sigue en la calle debe servirle mejor al país -, y por supuesto ellos me tuvieron que sacar del barrio”.
Diana relató que su futuro no era muy prometedor en ese entonces, así que en la policía vio una posibilidad real de obtener buenos ingresos. “Después me dieron la noticia de que me aceptaron para trabajar y sentí que me había ganado la lotería”.
No obstante, lo que empezó como un sueño, pronto se convirtió en una pesadilla, cuando tuvo que hacer el curso de patrullera en Bogotá. “Yo venía del pueblo y las niñas del interior del país siempre me veían por encima del hombro. Recibí un trato humillante por parte de las mismas compañeras, pues me trataban como la empleada del servicio porque me vestía distinto, no me cepillaba el cabello, porque usaba sandalias, minifaldas y ropa colorida, al lado de ellas que usaban tacones y media velada”.

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Diana, la intendente, vestida de particular.

En 1998 Diana se graduó con otras 120 mujeres como patrulleras, todas tenían algo en común, un sueño, un orgullo, y cuerpos esbeltos por su puesto.
“En la Policía cualquier mujer no puede entrar a trabajar, primero porque es un trabajo fuerte, de más de ocho horas al día, por lo que hay que tener un estado físico totalmente óptimo, por eso la mayoría de chicas son esbeltas, y no va ingresar una muchacha de talla grande, una anoréxica o de estatura muy bajita o de apariencia desagradable, porque de por medio también está la imagen de la institución. Además, en la Policía no van a contratar una persona que tenga autoestima muy baja, por ejemplo el caso de algunas chicas muy poco agraciadas, porque no van a poder acercársele a un ciudadano con la autoridad que requiere cuando sea necesario, por eso tampoco aceptan mujeres tímidas”.
La patrullera empezó a trabajar en eventos, conciertos, teatros, como fuerza disponible de la Policía. Pero pronto y debido a su buena parla pudo ubicarse en un cargo administrativo, donde conoció a un patrullero con el que se casaría y tendría a su segundo hijo.
“Mi jefe en ese momento fue un teniente, quien era manilargo, le gustaba cerrar la puerta casi todos los días con el pretexto de hacerme masajes y manosearme siempre, pero yo no sabía qué hacer, porque lo rechazaba, no teníamos ninguna relación afectiva, y no podía irme de pleito con él, pues tenía a mi segundo hijo de pocos meses de nacido.
(…) Me sentía que estaba entre la espada y la pared, aunque mis compañeros me decían que le pusiera cámaras para que lo embalara, pero la verdad es que ese tipo debía tener bastantes conocidos que se graduaron con él, pues si lo denunciaba era seguro que me trasladarían fuera de Bogotá, lejos de mi familia, y muy seguramente me iría a topar con algún amigo de él, y sería aguantar el mismo camino tormentoso de acosos, además que ese teniente le faltaba toda una carrera de ascensos en la institución y llevármelo por la mala y hacérmelo de enemigo no era la solución”.
La única posibilidad que tenía en ese momento era hacerse trasladar con un superior del teniente, pero que no deseara un favor sexual. Por el momento contó con suerte, un mayor la ayudó. “Me tocó hacerle dar lástima a un mayor buena gente, ofreciéndole trabajar fines de semana y con lágrimas en los ojos. De todas maneras me tocó contarle por qué quería salir de donde estaba, le dije que era seguir aguantando abusos o en un momento de ira atacar al teniente”.
Según manifestó Diana, “los superiores saben cómo abusar de sus subordinadas, pues ellos jamás van a realizar una violación, pero sí un acoso constante, y utilizan su posición y poder para hacerle entender a la víctima que le pueden hacer la vida a cuadros. Los jefes que lo hacen, saben que no van a ser sancionados por ese tipo de presiones, bajo la excusa de que están imponiendo orden y disciplina, pero los subordinados siempre van a perder, porque a diferencia de otros trabajos que la relación se termina con una carta de despido, acá puede terminar uno en una cárcel o con investigaciones disciplinarias. Sin embargo, a pesar que conté lo que estaba pasando al superior del teniente, él no tuvo ninguna sanción, ni ningún proceso judicial, ni quise denunciarlo”.
Pero en cambio el teniente sí tomó represalias contra su esposo.
“A mi esposo, quien trabajaba en la misma dependencia, sí lo hizo trasladar a cuidar retenidos en la UPJ, y llegó allá como recomendado con un teniente amigo del que me acosaba. Llegar como recomendado en la Policía, es que no puede llegar cinco minutos tarde o llegar con los zapatos no tan bien embolados porque le ponen negativa o anotación. Y en menos de una semana mi esposo ya tenía tres negativas, y con el tiempo lo destituyeron porque supuestamente dejó salir a unos capturados antes que vencieran los términos, me tocó mantener a mi esposo y sacando sola a mis dos hijos”.
La situación de su esposo terminó en una separación. Y después los acosos volvieron.

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“Una vez presté servicio de apoyo en Ciudad Bolívar y el capitán de la estación se enamoró de mí, y me dijo que quería salir conmigo, que le aceptara una invitación. Fui sincera y le dije que no me interesaba. Entonces dijo que como yo no se lo iba a dar, tenía que chupar frío cada vez que fuera. No le puse cuidado, pues igual sólo tenía que ir una sola vez al mes.
(…) Sin embargo, cada vez que iba a las montañas de Ciudad Bolívar me tenía que montar en la parte trasera de un camión en la madrugada, donde recogían a todas las personas que retenían temporalmente, como por ejemplo los habitantes de la calle, para llegar al cupo en la UPJ. Como castigo me tocaba quedarme en el camión hasta las cinco de la mañana cuando la labor iba hasta las tres”.
Diana Márquez señaló que la mujer en la institución tiene que estar dispuesta a perder la familia, pues después de estar en una ciudad como Bogotá puede terminar en un pueblo remoto, donde llegan pocos vuelos. “Las mujeres policía que están allá en el pueblo más recóndito están no porque hayan hecho algo malo, sino porque la cayeron mal a alguien”.

Cuando tuvo que ceder

“Hace unos diez años me enviaron a comisión al Chocó en unas elecciones presidenciales, por un encontrón que tuve con uno de mis jefes, y fui la única mujer en la entidad donde estaba prestando servicios administrativos que terminó 20 días en Quibdó como castigo. El tipo que me envió allá me dijo que iba de comisión pero que había alta probabilidad de que me quedara. Cuando llegué a Quibdó había un coronel que después llegó a ser brigadier general, me vio, pidió mi número telefónico, me llamó ese día a las ocho de la noche cuando ya había terminado servicio, y me dijo – venga mija a mi habitación y pase a la piscina -. Nunca había tenido contacto con él antes, pero tenía más mando que el que me había enviado en comisión al Chocó.
Allá en la piscina el señor me estaba recibiendo en ropa interior, en un lugar reservado para los comandantes, muy lujoso, estrato 20, mientras que nosotros dormíamos en un salón comunal, con un aire acondicionado para 20 personas. El tipo peló el cobre, accedí y me lo charlé para que me devolviera para Bogotá. Ya no aguantaba más en el Chocó lejos de mi hijo, la distancia le estaba generando problemas.
Por los turnos que manejaba, me tocó hacer un proceso psicológico y siquiátrico con mi hijo de trece años, ya que él sufría de síndrome de abandono porque nunca veía a su mamá, sólo en las mañanas cuando le daba el desayuno y en las noches cuando regresaba a la casa. El sueldo de patrullera o subintendente no alcanza para pagar arriendo y pagar una persona que cuide de los hijos. Una vez me puse muy triste cuando un día a las diez de la noche mi hijo me dice – mami sírvame la comida – y le pregunté que si iba a comer fríjoles a la media noche, y me respondió que es la única manera de tener una comida caliente.
(…) A mi hijo me tocó entregárselo al papá, porque él tenía resentimiento contra mí, tenía ideas de ateísmo. En ese momento nunca conté con el apoyo de mis jefes, y eso que por escrito les relaté mi situación, pedí vacaciones porque hacía cuatro años que no las disfrutaba, pero no obtuve una respuesta, hasta que el siquiatra me incapacitó 15 días, y ahí sí se dieron cuenta que estaba mal. Tuve un cuadro grave de depresión y sólo tomaba tranquilizantes y pastas para dormir”.
Diana, quien en ese momento ya tenía el grado de subintendente, manifestó que en la Policía hay un elevado índice de suicidios, “por la soledad en medio de un ambiente hostil, además que allá le ciegan a uno el pensamiento todos los días, diciéndonos que somos lo mejor del mundo, a la vez que no servimos para hacer otra cosa, y si cuando uno salga por algún motivo de la institución, es muy difícil hacer otras cosas”.
Todos esos años de zozobra, frustración y miedo, hicieron a Diana una persona más dura, pero no perdió del todo su lado noble, y aunque decidió seguir en la institución, hoy ya ostenta el grado de intendente, decidió en sus ratos libres colaborar con una organización. Allí “le tiendo la mano a alguien que está pasando por lo mismo, también brindamos asesoría jurídica y les decimos qué tienen que hacer en caso de acoso o presiones laborales”.
*Nombre cambiado a petición de la fuente.

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